Entrevista a nuestro Jugador Héctor Sirit

El ajedrez como terapia: un octogenario ejemplo de superación en Valencia

El legado de un veterano jugador, Héctor Sirit, quien difunde los beneficios de un deporte que recomienda para la salud mental y el bienestar entre sus coetáneos: «Es bueno para todos pero sobre todo para los de mi edad»

Sirit, jugando una partida en el complejo La Petxina a sus 81 años. Jesús Signes

Jorge Alacid
Valencia
Domingo, 15 de febrero 2026, 00:39

Héctor Sirit luce con ejemplar gallardía sus 81 años, enfundado en un polar rojo de su club de ajedrez (el Club Basilio) y dispuesto a poner en marcha su particular moviola para compartir una experiencia que sirve como posible modelo para otros octogenarios como él: a su avanzada edad, que desmiente una conversación ágil y rápida de reflejos pese a los comprensibles achaques de salud, se pone delante del tablero una media de dos horas al día. Del tablero físico y del digital, porque también pasa largos ratos desentrañando los desafíos que le plantea el ajedrez online, donde dispone del arsenal de partidas legendarias que firmaron mitos como el cubano Capablanca o su favorito, el jugador que más le ha inspirado: Emanuel Lasker, un alemán contemporáneo de Albert Einstein, de quien por cierto fue amigo.

Lasker, apunta José A. Garzón, el valenciano que lo sabe todo sobre el ajedrez y ha concertado la cita, fue un brillante ajedrecista, militante en una de las dos escuelas donde se adscriben quienes mantienen vivo el deporte que se inventó precisamente en Valencia en su acepción moderna: como su ídolo, también Sirit es de estirpe combinativa, el estilo opuesto a la otra gran corriente, la posicional. Una manera de atacar el tablero que, tal vez, es también una lección de vida: nuestro héroe, cuyo brillante desempeño como jugador llama la atención por su longevidad, confiesa que el ajedrez le transformó en alguien más analítico, ordenado y organizado. Tan organizado que, apunta con una sonrisa un punto pícara, explica que se haya divorciado tres veces: «Demasiado organizado para las mujeres».

El ajedrez, apunta también, le ayudó en su vida diaria: trabajó como constructor y cada vez que afrontaba un encargo, resolvía el dilema como si estuviera ante el tablero. Unas veces con blancas y otras, con negras. Como todo en la vida, la suya y la de cualquiera.

Sirit cuenta todos estos detalles de su formidable vida sentado en una sala del complejo La Petxina donde se distribuyen decenas de tableros, un espacio idóneo para disfrutar de su entretenimiento favorito, aunque él señala que últimamente va más a menudo por el centro social más cercano a su casa, en Guillem de Castro. Allí, los responsables de la instalación municipal le han puesto deberes, que acepta gustoso: se ocupa de iniciar en el deporte de Alekhine y Pomar a los usuarios del servicio, que han acogido de muy buen grado ponerse en sus manos. Y él detecta entre su recién constituido alumnado ganas de progresar en los misterios de un juego que, según Sirit, tolera mal la simple etiqueta de entretenimiento. «Para mí», afirma con su dulce español con acento venezolano, «el ajedrez es un arte». «Muy bien», añade Garzón a su lado.

Para entonces, mediada la charla, Sirit ya ha participado del rico anecdotario que puebla su provecta biografía, rica en detalles curiosos. Por ejemplo, sus años en la localidad estadounidense de Cincinnati, en el norteño y gélido estado de Ohio, cuando llegó a alcanzar los 2.300 puntos ELO, récord que destapa la admiración de quienes le escuchan, entre ellos el propio Basilio López, arquitecto del club donde hoy participa este caballero que llegó al ajedrez un poco por casualidad: en su Caracas natal se adiestró en otros deportes antes de caer en la jurisdicción de los Fisher, Spassky y compañía. Carecía de antecedentes familiares, pero ocurrió que por misteriosas razones cayó rendido ante el embrujo de este juego al que ha sido fiel durante más de setenta años, alternando etapas más entregadas a sus secretos con años de menor actividad.

«Con el ajedrez te haces más analítico, ordenado… Aprendes que no puedes ir por la vida desbocado»

Héctor Sirit, ajedrecista

No es el caso de su actual dedicación. Esas dos horas diarias que concede a profundizar en los enigmas que encierra cada tablero tienen propiedades terapéuticas, que Sirit anima a que formen parte de las rutinas de otros miembros de su franja demográfica. «Recomiendo el ajedrez a todo el mundo», observa, «pero sobre todo a la gente de mi edad».

Hoy, lejanos esos años en que alcanzó su cima como ajedrecista, es todavía un jugador «muy fuerte», por emplear la definición con que le elogian Garzón y López. Ha jugado un rato con un jovencito que también acude como él a La Petxina, toquitea luego las piezas con mucho afecto mientras atiende al periodista y a veces lanza la mirada hacia su pasado, el remoto y el más cercano: ese día en que acompañó a su nieto, que había desertado del tenis, a iniciarse en el deporte que despierta las complacencias de su abuelo.

Fue el día en que su vida volvió a cambiar. Su nieto pronto olvidó el ajedrez pero el antiguo enamoramiento de Héctor por este deporte revivió con la fortaleza que exhibe ahora, recién aterrizado en Valencia, adonde llegó porque aquí reside uno de sus hijos. Llegó hasta esta orilla del Turia huyendo, como otros siete millones de compatriotas desperdigados por medio mundo, de la Venezuela de Chavez y Maduro. Y dice que ese viaje le salvó, porque fue estando entre nosotros cuando le detectaron un cáncer del que se está recuperando, mientras que de haber seguido en su país… Puntos suspensivos que rellena señalando el pulgar hacia abajo, como los antiguos césares.

Y con una sonrisa, la que le acompaña mientras desgrana su particular forma de entender la vida y el ajedrez, que en sus palabras son la misma cosa. «Me mantiene sano», dice apuntando hacia la frente. «Y activa las neuronas», concluye. ¿Es una gimnasia mental? «Es más que eso», responde. «Es una ayuda incalculable con la memoria, las reflexiones… Aprendes que no puedes ir por la vida desbocado».